Por Gonzalo Gala
España
La infancia no siempre es un camino de rosas por el que los más pequeños transitan con alegría y jocosidad. No todos son seres agradables, con carrillos rojizos y rostros sonrientes. La dulzura de un niño ha sido un recurso aprovechado desde todos los puntos de vista posibles. En el caso del cine de terror, ha servido para enmascarar nuestros miedos atávicos, bajo la máscara de la inocencia. Tendemos a pensar que la maldad y la infancia son incompatibles; nos referimos a la maldad en estado puro, la que forma parte de la depravación y el sadismo que aparecen exclusivos de los adultos.
Niños homicidas y demoníacos hay muchos y muy buenos. Están los infantes simpáticos, procedentes del mundo de la comedia, que han llegado a rozar la frontera de la psicopatía como Macaulay Culkin en "The Good Son" (1993). En la mayoría de los casos, se han escudado en la fantasía o en la metáfora para reflejar el lado más oscuro del niño. Uno de los ejemplos más recurrentes es "The Exorcist" (¿quién no recuerda a la pequeña Linda Blair?) y "The Omen" (1976), de Richard Donner.


