Por Diego Barcia
Argentina
Imagine un frío pueblo invernal en algún rincón del norte europeo, donde toda la gente se conoce y nunca abandona sus abrigos de oso.
En la plaza, cuando cae la tarde y los lugareños vuelven al hogar, un viejo se le acerca y le hace una pregunta trivial. A continuación, le corta el cuello, lo cuelga de un árbol y lo desangra como si se tratase de una res. El líquido cae en un recipiente de plástico.
